miércoles, 4 de noviembre de 2015

NI EN PINTURA LA MUERTE

No será la primera vez ni la última en que esta máquina devoradora se trage mis escritos.
Uno que se afana por tratar de escribir y sale con que no pasó, se atoró. Así pasan con las cosas de la vida, nunca salen como se desea. ¿Qué le vamos hacer? Escribía sobre la señora muerte que quería pintar a la vida en un lienzo de fina tela, más no encontraba modelo. Agazapada en el bosque junto a la rivera del río, esperaba cautelosa a que pasara su presa. Un conejo de largas orejas y cola esponjada fue su primera víctima, ya tenía bastante edad, así que la vida le cortó sin ningún remordimiento ni escrúpulos valederos. 
El conejo como rayo cayó fulminado no sabiendo ni porqué, zanahorias andaba comiendo muy quitado de la pena y la muerte en el lienzo lo plasmó. Pero le faltaba algo a esa tela, así que la llenó de colores buscando composición, pero nada le alegró. Ya ponía al conejo parado, ya de cabeza, ya de lado, y por ninguna pose se decidía, le faltaba un impacto valedero. Vio que la luz de los ojos del conejo opacos se encontraban, así que les puso brillo y su cuerpo esponjó. Pero nada le satisfacía. Desesperada dibujó un rosal florido en donde al conejo acostó, pero se veía muerto y eso no le gustó. Así que lo puso en medio de un huerto con toda clase de hortalizas y más o menos se destacó. 
La señora muerte su retrato terminó llevándoselo al averno, pero a nadie le gustó, parecía naturaleza muerta y algo de vida querían para alegrar el lugar. Así que la despacharon a buscar otro modelo más llamativo y cordial. 
Encima de la rama estaba un zorzal, su bello canto la cautivo, y en el lienzo lo plasmó, colocó en su rededor hojas verdes de a montón, hasta le puso una fuente semejando bebedero, pero sucedió lo mismo que con el conejo orejón, nada convencida estaba de su obra de arte ejecutada. Hasta que se le ocurrió ponerle una parejita, así que encontró una pajarita y en seguida la fulminó, pintándola junto al zorzal rojizo en el vientre y blanco lo demás. Satisfecha de su obra de nuevo se encaminó a las puertas del infierno, pero volvió a ser  rechazada por su cuadro infeliz. La muerte loca se volvió, ya no sabía que hacer, y mirándose en el río por donde se paseaba a diario, de ella se enamoró, disponiéndose a pintarse en un nuevo lienzo que elaboró. 
Así que tomó los pinceles con destreza y rapidez y su cabeza decoró con flores y guirnaldas.  Sus cejas rayó en colores cafés, su boca roja como clavel era un toqué enigmático y genial. Ya no enseñaba la dentadura que tanto disgusto causara. De ropaje muy vistoso se vistió, se puso medias y tacones y la peluca rizada, era otra la malvada que ni ella se conocía. Con recelo la vereda conocida volvió a tomar y hasta las puertas de nuevo se adelantó, el cancerbero le abrió y no la reconoció así que sus datos solicitó. Presta la muerte su manga levantó enseñando el puro hueso y éste en seguida le abrió. Cuando llegó al trono sombrío Satanás estaba ebrio y entre bruma la notó, la muerte enseguida le mostró el lienzo en que se había plasmado y el diablo quedo encantado y la hizo su mujer. 
Moraleja: Las apariencias engañan, no seas ni iluso ni tonto, no te vayas tras la mona aunque se vista de seda ya que calavera se queda con afeites u olanes, es la misma fregadera.   

martes, 3 de noviembre de 2015

El fracaso de la muerte  (Cuento para niños y niñas) 


Algo breve sin sustancia, algo insípido y sin color ni aroma. Solo una plasta de negros sobre el manto blanco sujeto al bastidor. Parecían lunares, hoyos negros sobre un universo de tela restirada, en donde no había lunas ni estrellas, solo la sensación de vacío que se siente al morir.
Las manos alargadas, los brazos tendidos, el pincel sujeto entre dedos de garfios. La señora muerte quería pintar la vida y no le salía, no tenía un modelo que seguir. De pronto alguien se acercó cantando por la vereda del río, se escondió tras el cañaveral, era una linda doncella con flores prendidas de su pelo de color de oro, las flores eran rojas como sus mejillas y sus labios.
La muerte quedó perpleja ante tanta belleza, la silueta de la joven cruzaba el aire con garbo y agilidad. Parecía que flotaba por el camino verde y su canto encantaba a la señora muerte. 
De pronto la niña se sentó sobre una roca saliente. En sus manos deshojó las rosas y contando pétalos sonrió al saber que la querían. 
La muerte que las mentes leía enseguida se enceló, sacó de la caja de pinceles los más finos y en la pintura los remojó comenzándola  a pintar. La niña se retorcía al sentir su pecho hundido en tela desconocida, sus piernas no obedecían cuando quiso correr. Una rara sensación  de cansancio la invadió yendo a caer al suelo. Y así desvanecida la muerte la plasmó en todo su esplendor, quitándole de golpe los años que tenía ya que se los ahogó. 
Con su cuadro coloreado de la princesa ya impresa, se la llevó muy ufana bajo el brazo, más de repente topó con un joven apuesto y gentil, quien de inmediato se fijó en el cuadro que llevaba y lo pintado en él; una linda princesita  que parecía prisionera dentro de la tela entera. Con la duda se quedó ya que conocida se le hacía, e inmediatamente le preguntó que si no se la vendía. La muerte le contestó muy ducha y presta a la vez, déjame pintarte a ti y enseguida te la daré. 
El mancebo accedió posando para ella en la piedra en que estaba sentada la princesa. Más cuando iba a pintar sus primeros puntos negros, el muchacho le tiró los pinceles y colores y del cuadro se apoderó corriendo por el sendero. La muerte fue tras él pero ya no lo alcanzó, era veloz como un gamo y la muerte vieja y fea. 
Cuando llegó a su castillo la puso en la chimenea en donde lucía su esplendor, su inigualable belleza. El joven se le acerco y sus labios rojos besó recobrando esta la vida y saltando fuera del cuadro enseguida lo abrazó. Y colorín colorado este cuento terminó sobre la muerte fracasada.