El fracaso de la muerte (Cuento para niños y niñas)
Algo breve sin sustancia, algo insípido y sin color ni aroma. Solo una plasta de negros sobre el manto blanco sujeto al bastidor. Parecían lunares, hoyos negros sobre un universo de tela restirada, en donde no había lunas ni estrellas, solo la sensación de vacío que se siente al morir.
Las manos alargadas, los brazos tendidos, el pincel sujeto entre dedos de garfios. La señora muerte quería pintar la vida y no le salía, no tenía un modelo que seguir. De pronto alguien se acercó cantando por la vereda del río, se escondió tras el cañaveral, era una linda doncella con flores prendidas de su pelo de color de oro, las flores eran rojas como sus mejillas y sus labios.
La muerte quedó perpleja ante tanta belleza, la silueta de la joven cruzaba el aire con garbo y agilidad. Parecía que flotaba por el camino verde y su canto encantaba a la señora muerte.
De pronto la niña se sentó sobre una roca saliente. En sus manos deshojó las rosas y contando pétalos sonrió al saber que la querían.
La muerte que las mentes leía enseguida se enceló, sacó de la caja de pinceles los más finos y en la pintura los remojó comenzándola a pintar. La niña se retorcía al sentir su pecho hundido en tela desconocida, sus piernas no obedecían cuando quiso correr. Una rara sensación de cansancio la invadió yendo a caer al suelo. Y así desvanecida la muerte la plasmó en todo su esplendor, quitándole de golpe los años que tenía ya que se los ahogó.
Con su cuadro coloreado de la princesa ya impresa, se la llevó muy ufana bajo el brazo, más de repente topó con un joven apuesto y gentil, quien de inmediato se fijó en el cuadro que llevaba y lo pintado en él; una linda princesita que parecía prisionera dentro de la tela entera. Con la duda se quedó ya que conocida se le hacía, e inmediatamente le preguntó que si no se la vendía. La muerte le contestó muy ducha y presta a la vez, déjame pintarte a ti y enseguida te la daré.
El mancebo accedió posando para ella en la piedra en que estaba sentada la princesa. Más cuando iba a pintar sus primeros puntos negros, el muchacho le tiró los pinceles y colores y del cuadro se apoderó corriendo por el sendero. La muerte fue tras él pero ya no lo alcanzó, era veloz como un gamo y la muerte vieja y fea.
Cuando llegó a su castillo la puso en la chimenea en donde lucía su esplendor, su inigualable belleza. El joven se le acerco y sus labios rojos besó recobrando esta la vida y saltando fuera del cuadro enseguida lo abrazó. Y colorín colorado este cuento terminó sobre la muerte fracasada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario